Retratos de Marina Tsvietáieva es uno de esos libros que conducen al lector a un tiempo y un espacio en donde se desarticula la forma: desde «Un aguacero de luz» hasta «El atardecer de un mundo extraño» se encarga de desentrañar los objetos de su afecto. Se presenta entonces a Balmont como a alguien «cuya aspiración espiritual era extraordinariamente fuerte»; en su ponencia sobre Kuzmín, Tsvietáieva detecta que la finura personal de su osamenta revelaba una forma de «amaneramiento» que venía desde la cuna; de Briúsov afirma haberlo amado desde su adolescencia con un «amor apasionado y breve» y reconoce en Pasternak al poeta más grande del presente. En su conjunto, la colección de ensayos de este libro evidencia que, para Tsvietáieva, los poetas eran figuras tangibles y que su relación con ellos debía ser intensa y apasionada. Para ello inventa una lengua personal e intransferible que no se parece a ninguna otra y en la cual, a su vez, se entrevé el germen de la experiencia espiritual suprema de una época.
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