A partir de una sentencia, «Lo primero que supe de Pushkin fue que lo mataron», Marina Tsvietáieva conduce al lector de Mi Pushkin a una suerte de kaddish íntimo y original. Porque Pushkin no fue un poeta más en su vida, sino su primer poeta. De su experiencia vital un circuito afectivo y efectivo se enarbola y en ese hacerse descubrimos la efigie, el tono y la densidad de ese tótem, de esa estatua de color («ahí mismo y para siempre yo elegí lo negro y no lo blanco: el pensamiento negro, el destino negro, la vida negra») de la poesía rusa. También puede figurarse en Mi Pushkin un singular sendero que va conformándose a través de símbolos como los gitanos, el mar, Bonaparte y los montenegrinos indivisibles todos ellos a la poética de Pushkin. Acompaña a la presente edición un compendio de poemas líricos que Tsvietáieva cita en su evocación de aquel que, como Proust, representa «un monumento al amor filial».
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