El tiempo es un asesino perfecto. Pablo Daponte ve pasar, en la “cueva” de Epecuén, clientes y electrodomésticos. Su “control de calidad” se ha convertido en sabotaje. Su presente es, en gran medida, poética de objetos perdidos. Su hermano Fabián “tiene todo perdonado”, nació o quedó así con el tiempo. Estar con Violeta es como estar frente a su propio cuerpo. Los cigarrillos Derby ya no se consiguen y parecen, lo mismo que la renguera, metáfora de tantas cosas dañadas. Fernando Chulak consigue, vaya maestría, que Pablo narre con gracia y dolor, con la gracia y el dolor de una canción de Karen Dalton; es como un diario íntimo que avanza y retrocede, mientras su madre encoge año tras año. ¿Ha llegado el turno de la última cena de los Daponte? Las madres logran que uno escuche lo que piensan... y lo que piensa la madre de Pablo se parece a un pacto suicida.
Eduardo Berti
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